domingo, 18 de mayo de 2014

La batalla más formidable por la dignidad



Una de las más grandes luchas de la historia por los derechos civiles se está desarrollando ante nuestros ojos, casi sin que lo advirtamos. Es la lucha de centenares de miles de niñas y adolescentes por ir a la escuela y recibir una formación que les ayude a independizarse de las estructuras sociales y religiosas que les niegan el acceso a las reglas que rigen en beneficio de los hombres. Es una guerra invisible, una rebelión que se extiende poco a poco, y que, inexplicablemente, no ha logrado despertar nuestro interés, nuestro apoyo, pese a que se trata de la más formidable batalla que se pueda dar por la dignidad del ser humano, ya que la están librando tercas niñas pequeñas y arriesgadas maestras y maestros, que se juegan la vida ayudándoles a esconder libros bajo los burkas.

Gordon Brown, que fue primer ministro británico y que lleva algunos años encargado por la ONU de propagar la idea de la educación global, escribió el año pasado su denuncia: “Igual que los negros se levantaron en Estados Unidos contra la discriminación y lograron transformar poco a poco la sociedad con su público desafío, así las mujeres paquistaníes rehúsan ahora permanecer en silencio y tratan de que sus hijas acudan a la escuela”. Pero, por motivos que habrá algún día que explicar, la lucha contra la discriminación racial inundó los medios de comunicación del mundo entero, y la de las mujeres (y hombres) que luchan para acabar con la discriminación contra las mujeres pasa casi desapercibida.
 
Tienen que suceder cosas muy “espectaculares”, como el secuestro de más de 200 niñas nigerianas cristianas por un grupo que se llama Boko Haram, para que la comunidad internacional se disponga a hacer algo. Los presidentes de Nigeria y de varios países vecinos anunciaron que acudirían a la reunión convocada en París por el presidente francés, François Hollande, para coordinar esfuerzos y solicitar la ayuda que precisen. Está bien. Pero si se lee con atención la convocatoria, se trata de una reunión para luchar contra el terrorismo, algo, sin la menor duda, imprescindible, pero que no debería excluir el asunto fundamental: cómo defender los derechos civiles de las mujeres en esos países concretos. La lucha contra el terrorismo es una cosa y la defensa del derecho de las niñas a la educación es otra, porque muchas veces la presión y el maltrato no viene de ningún grupo terrorista próximo a Al Qaeda, sino de su propio entorno.
Por supuesto que los responsables de Boko Haram (que asesinó hace un mes a 59 escolares varones de otra escuela occidental) deben ser detenidos y juzgados. Pero cuando el grupo desaparezca, seguirán actuando los talibanes en Afganistán y en Pakistán, y seguirán en pie las estructuras tribales que permiten la violación de adolescentes como pago por deudas familiares y las tradiciones de India que animan a los padres a negar cualquier derecho a sus hijas.

¿Cuándo se va a celebrar una conferencia internacional sobre ese tema concreto? ¿Cuándo se van a poner todos los medios posibles para ayudar a esas niñas y adolescentes? ¿Cuándo se va a poner de acuerdo la comunidad internacional para sancionar a quienes no combatan el matrimonio infantil? ¿Cuándo se van a bloquear los visados de las autoridades de los países que no hacen nada para encontrar a los asesinos de las maestras y maestros que mueren cada mes por ayudar a las niñas a esconder los libros, como relataba Brown? Hace unos meses, cinco profesoras de entre 20 y 23 años murieron acribilladas en Afganistán a la salida de la escuela.

¿Cuándo se va a presionar sin descanso sobre las autoridades de los países que consienten semejantes atrocidades? Quizá nunca. El pasado 12 de mayo, un relator de Naciones Unidas pidió al Gobierno de Canadá que abriera una investigación sobre la muerte y desaparición de 1.200 mujeres de la comunidad aborigen ocurridas en los últimos 30 años. El Gobierno de Canadá, un país moderno, democrático y aparentemente feliz, no lo considera necesario. Caso cerrado.
SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ www.elpais.com

Breve repaso a la antigua coeducación




“Decía María Salvo que lo decisivo de aquel 14 de abril de 1931 no fue ese mar de banderas, voces, cantos y entusiasmo que inundó el mundo de los adultos. El principio de la Segunda República española fue ese día que maestros y maestras retiraron el tabique de madera que separaba a los niños de las niñas en las aulas y salieron todos juntos a la terraza de juegos por primera vez”. Estas palabras de la historiadora Carmen Agulló definen claramente los ideales de un modelo educativo cuyo objetivo era favorecer el respeto entre los sexos, contribuyendo al desarrollo integral de alumnos y alumnas. Introduce, por tanto, una nueva visión sobre la educación de las mujeres con nuevos derechos y conceptos que acompañan los grandes avances en materia de igualdad en los campos jurídicos, políticos y sociales. El origen de este proyecto se encuentra en la Institución Libre de Enseñanza que, ya en 1882, en el Congreso Pedagógico se escuchan voces como la de Joaquín Sama que defiende la escuela mixta como una preparación para la vida: “Reflexionemos y pensemos que la escuela debe ser copia, en pequeño, de cuanto pasa en la sociedad”, decía, y preguntaba: “¿Cómo se sostiene que en la escuela deben los sexos estar separados? ¿Por qué, acaso lo están en la vida?”.
El modelo coeducativo propone, por tanto, educar en el respeto y la armonía entre los sexos y contribuir así a la formación ética y cívica de la personalidad, estimulando el desarrollo armónico de las facultades naturales de los niños y de las niñas.

El encuentro de las alumnas y alumnos en la misma aula fue un cambio esencial para las niñas y las jóvenes que se formaron en el periodo republicano, porque pudieron acceder a la instrucción pública en las mismas condiciones que sus compañeros varones, mostrándolas expectativas hasta entonces desconocidas de acceso a la instrucción, a la vida pública y al mundo profesional.

La victoria de Franco en la Guerra Civil implicó la restauración del sentido tradicional de la familia. Se derogaron las leyes civiles de la etapa republicana, Se prohibió la coeducación y, puesto que según el Fuero de los Españoles se pretendía “liberar a la mujer del taller y de la fábrica”, tal y como explica María Cruz del Amo, en la educación femenina volvieron a tener un gran peso lo doméstico y la religión volviendo a la separación de sexos en las aulas y a una educación diferenciada reflejo de las distintas funciones sociales de hombres y mujeres. Los currículos de chicas y chicos fueron diferentes. En todos los niveles las alumnas debían cursar las materias de Hogar y asignaturas comunes, como la Formación del Espíritu Nacional o la Educación Física, tenían diferente contenido según el sexo de quien las cursara. Para los chicos, la Formación del Espíritu Nacional incluía contenidos relacionados con la teoría política, siendo el servicio y la atención a la familia el contenido de la misma asignatura para las alumnas. Por su parte, los chicos recibían una especie de formación premilitar en las clases de Educación Física, mientras las jóvenes se ejercitaban para estar sanas y para afrontar con eficacia futuras maternidades.

Y si bien parece imposible volver al pasado franquista, favorecer la segregación por sexos en los centros educativos no deja de evocar un ideario que coloca a la mujer en el modelo tradicional, contribuyendo a aumentar la brecha de la desigualdad y la discriminación por género.
Luz Martínez Ten es secretaria de Políticas Sociales de FETE UGT.

lunes, 12 de mayo de 2014

Por qué los extremistas musulmanes temen la educación de las mujeres



Brutal, cruel, intolerable. Faltan palabras para describir la indignación que produce el secuestro de dos centenares de niñas en Nigeria. A la privación de libertad se une el agravante de que se trate de menores sin defensa posible ante un grupo de hombres armados, quienes además amenazan con venderlas como esposas-esclavas. Su excusa: las chicas se dedicaban a estudiar en lugar de haberse casado. ¿Estamos en el siglo XXI? ¿Cómo es posible que alguien se arrogue el derecho a decidir sobre la vida de otro?

"He secuestrado a vuestras hijas y voy a venderlas en el mercado, porque así me lo pide Dios. Chicas, tenéis que casaros”, ha explicado en un ominoso vídeo Abubakar Shekau, el líder del grupo yihadista nigeriano Boko Haram. 


image from http://s3.amazonaws.com/hires.aviary.com/k/mr6i2hifk4wxt1dp/14050818/4e95352f-f921-41f9-9887-6599cb934d86.pngSi no fuera por la gravedad de los hechos, las declariones de Shekau podrían descartarse como “otra tontería que se atribuye a Dios”. Al igual que antes hicieran los talibanes en Afganistán y Pakistán, los militantes de Boko Haram no sólo rechazan la escolarización femenina, sino que recurren a la violencia para desincentivarla. Aún está fresco el recuerdo del atentado contra Malala Yousafzai, cuya defensa de la educación de las niñas la convirtió en objetivo de los extremistas paquistaníes. 


Resulta tentador hablar de “presión islamista contra el derecho a la educación de la mujer”, dado que ambos grupos recurren a las mismas tácticas para defender su interpretación del islam. Tentador pero peligroso. Más aún cuando pocos críticos se esfuerzan por diferenciar musulmanes de islamistas y yihadistas. Según escribo estas líneas, imagino con horror los comentarios islamófobos a la noticia del secuestro y me pregunto si sirve de algo intentar aclarar los conceptos.

Hay 1.500 millones de musulmanes en el mundo, concentrados en una franja que se extiende desde Indonesia hasta Marruecos, además de minorías significativas en varios países europeos, Estados Unidos y Australia. Resulta difícil calcular cuántos de ellos apoyan el islam político, pero los extremistas que respaldan la violencia (yihadistas) son claramente minoritarios a pesar del ruido mediático de sus (intolerables) acciones.

Centrándonos en el tema que nos ocupa, por cada atentado contra la escolarización de niñas pueden encontrarse sin esfuerzo numerosos ejemplos que ponen en entredicho que tal sea la actitud generalizada de los musulmanes. Desde las campañas de alfabetización femenina promovidas por Irán tras la Revolución Islámica, hasta el entusiasmo con que numerosas comunidades tanto en Afganistán como en Pakistán reciben la apertura de escuelas de niñas, pasando por la normalidad de la educación de las mujeres en Turquía, Indonesia o Malasia.


Los islamistas suníes por excelencia, los Hermanos Musulmanes, nunca se han manifestado en contra de que las mujeres estudien. Con todas las limitaciones de vestimenta y separación de sexos que se quiera, las chicas son mayoría en las universidades de Irán, Arabia Saudí, Qatar o Emiratos Árabes Unidos.

image from http://s3.amazonaws.com/hires.aviary.com/k/mr6i2hifk4wxt1dp/14050818/d396d9f8-420d-430a-84fa-d48fc5ca4b81.pngLa educación de la mujer (y de la generalidad de la población fuera de las élites) es un fenómeno relativamente moderno en todo el mundo. En las sociedades tradicionales, se primaba la educación del varón sobre quien recaía la responsabilidad de sustentar a la familia. En aquellos países donde aún imperan sistemas patriarcales, y tal es el caso en los de mayorías musulmanas, pueden existir límites al nivel de estudios que se considera aceptable para las chicas, o el tipo de carreras que se perciben como femeninas; pero no oposición a su educación en general.

El recurso a la violencia para impedir la escolarización de las niñas ha surgido con el auge del extremismo islámico. Para los grupos yihadistas que luchan contra el Estado constituye uno de los objetivos menos arriesgados. Tachar la educación de “occidental” es una mera excusa. Sin formación, la gente resulta más fácil de manipular. De ahí, el desafío que suponen Malala y las niñas nigerianas.


La escuela aumenta la autonomía de las mujeres (las más educadas también tienden a casarse más tarde, tener menos hijos y a adquirir independencia económica). Eventualmente, eso les lleva a querer tomar las riendas de sus vidas y entonces ponen contra las cuerdas el sistema patriarcal, que los yihadistas justifican en la sharía, o ley islámica, dando así argumentos a quienes consideran misógino el islam. (The Guardian ha publicado un interesante reportaje donde jóvenes musulmanas de todo el mundo y edades similares a las secuestradas condenan esa acción y defienden su derecho a estudiar; ahora sería oportuno que autoridades religiosas tanto suníes como chiíes denunciaran el rapto.) 


Además del desafío de los yihadistas, Nigeria y Pakistán comparten otros elementos que sin duda ayudan a crear el caldo de cultivo donde florecen esas ideas retrógradas. Ambos, que tienen el dudoso honor de encabezar la lista de países con más niños fuera de las aulas, se acercan peligrosamente a los 200 millones de habitantes, están dirigidos por gobernantes corruptos y se caracterizan por una enorme desigualdad social. Uno de cada cinco niños que no van a la escuela en el mundo es nigeriano; otro paquistaní; cerca del 60% de ellos son niñas.


Hacer frente a la pobreza y la ignorancia resulta más eficaz para combatir el radicalismo que demonizar a millones de personas por los actos criminales de unos pocos. Nada puede justificar el secuestro de las niñas nigerianas, pero hay que evitar que el horror de esa acción conduzca a una espiral de odio entre comunidades, más aún en un país como Nigeria donde las susceptibilidades confesionales están a flor de piel.
Ángeles Espinosa    http://elpais.com/

jueves, 8 de mayo de 2014

Nigeria: ¿Qué es la guerra sino esto?



En Nigeria, hace casi un mes, 200 niñas fueron secuestradas para convertirse en esclavas sexuales de una panda de bárbaros que dicen actuar en nombre de dios, según sus propias declaraciones.

Esta panda de bárbaros se autodenomina Boko Haram, cuya traducción en el idioma local es "la educación es un pecado", lo que conceptualmente incluye especialmente, que las mujeres no deben aprender ni siquiera a leer y escribir, sino quedarse en casa para dedicarse a cuidar de sus esposos y de sus hijos.


¿Se han preguntado por qué un hecho de estas proporciones ha tardado tanto, más de 3 semanas, en llamar la atención de la opinión pública y provocar respuestas internacionales contundentes?
 

La utilización de las mujeres las niñas y los niños como arma y botín de guerra es una constante en la inmensa mayoría de los conflictos armados pasados y actuales. El secuestro de Nigeria, no es una excepción sino una realidad cotidiana a la que se enfrentan las poblaciones civiles de los países en conflicto, que se ceba con las personas más vulnerables, mujeres, niñas y niños, especialmente en los países más pobres.


No es, por tanto, la primera vez que se producen secuestros de estas características, y no ha sido la última. De hecho pocos días después de hacerse público este episodio hemos sabido que se ha producido el secuestro de otras 8 niñas en la misma zona. Seguramente para este grupo terrorista la cuestión es, además, una oportunidad de publicitar su existencia y sus macabros objetivos, y es aquí donde el secuestro de estas niñas se convierte, además de en un crimen horrendo contra los derechos fundamentales, en un símbolo.


Así, esta panda de bárbaros se burla del mundo entero y lanzan a la vez un mensaje claro y coherente con sus pretensiones: las niñas son prescindibles, no tienen derechos, pueden ser utilizadas como arma de guerra, podemos coger lo que creemos que pertenece a otros y hacer con ello lo que queramos, para nuestra propia satisfacción y el escarnio de nuestros enemigos.


Saben que cuentan con la ventaja de la impunidad, de que raramente se juzga y condena a los responsables de este tipo de crímenes, de que en el marco de la seguridad global, los derechos de las mujeres y las niñas, no son una prioridad ni un tema al que se responda con contundencia. De ahí probablemente la insolencia con la que se han producido los comunicados de reivindicación de este atentado. De ahí que alguien pueda decir "Yo he secuestrado a vuestras niñas. (...) Alá me dice que las venda"
 

Situaciones similares de abusos y violaciones sistemáticas como arma de guerra se han producido o se están produciendo en todos los conflictos armados actuales. En Siria, en Sudán, en Somalia, en el Congo, en Uganda, incluso en los conflictos con las guerrillas del narcotráfico de México o Colombia, encontramos historias de personas, fundamentalmente mujeres y niñas, que son brutalmente violadas, asesinadas y utilizadas como botín sexual para los combatientes. Hablamos de miles, de cientos de miles, probablemente de millones de mujeres, niñas y niños en todo el mundo que han sufrido estos abusos, sin que la experiencia vivida y las secuelas sufridas hayan pasado de la consideración de efectos colaterales de los conflictos armados.


¿Qué es la guerra sino esto? Pero sin embargo, los medios de comunicación nos narran los conflictos armados con historias de armas, bombardeos, asesinatos, en riguroso masculino, contribuyendo de esta forma a ocultar la tragedia humana individual de quienes son más vulnerables y son víctimas de la violencia sexual en estos contextos. Y sin el reconocimiento de las historias personales es imposible la sanción y la reparación del daño causado.


La violencia que se ejerce contra las mujeres, las niñas y los niños, debería ser uno de los factores que alerte a la comunidad internacional sobre la necesidad de intervenir en los conflictos bélicos y no sólo la puesta en riesgo de intereses geopolíticos y económicos, como sucede en estos momentos. Esta violencia debería constituir una alerta básica a nivel mundial sobre las posibilidades de que se produzcan cruentos conflictos. La defensa de mujeres, niñas y niños debería ser parte esencial para la seguridad y el patrimonio político global. Pero, por ahora, no es así. Por esto hemos tardado tanto tiempo en tener respuesta al secuestro de más de 200 niñas en Nigeria.
 A girl wearing a T-Shirt with the inscription '' Chibok brings our girls back Alive'' attends a demonstration calling on  government to rescue kidnapped school girls of a government secondary school Chibok, during workers day celebration in Lagos, Nigeria. Thursday, May, 1. 2014. AP Photo/ Sunday Alamba

Por eso, también, es importante que desde la sociedad civil nos sumemos a la exigencia de intervención de los estados para proteger la seguridad de sus ciudadanos, y especialmente sus ciudadanas, y reclamar todos los esfuerzos para el rescate y la protección de estas niñas y de todas las víctimas civiles de la violencia sexual que se utiliza como arma de guerra en el mundo.

El ejemplo del horrendo crimen de Boko Haram, no es una excepción, pero tal vez pueda contribuir a abrirnos los ojos en relación con este problema. Tenemos el deber de demostrar que sí nos importa, porque son nuestras niñas. 
Marisa Soleto www.elmundo.es